6.21.2011

El odio al progreso

Por Rolando Hanglin - Especial para lanacion.com

http://www.lanacion.com.ar/1383220-el-odio-al-progreso

De vez en cuando, aparece en el planeta algún brote epidémico que causa muerte y terror. Así sucedió con el cólera, con la peste negra, con la fiebre amarilla, con la sífilis, la tuberculosis, el SIDA, la vaca loca, el virus Ebola, la gripe porcina. Al principio parece que la humanidad corre peligro de extinguirse. Luego, los médicos y los investigadores estudian y analizan las causas, reducen los casos, combaten los síntomas, experimentan las vacunas... y finalmente la humanidad se salva. En fin: siempre hemos sido una especie que sobrevive, transitoriamente.
En estos meses ha ocurrido otra vez, con la reaparición de la Eschericia Colii en Europa.


¿Cual era la causa de la epidemia? Primero se sospechó de los pepinos, luego de los brotes de soja. Pero los diarios subrayaron, acertadamente, que no se trataba de la soja transgénica sino de la común. Natural. Sin aditivos. Soja, nomás.

Recordemos que, aunque hacemos un gran esfuerzo por ignorarlo, la soja transgénica es la base de la revolución verde que cambió el agro argentino y estableció, para nuestro país, un nuevo nivel de recursos financieros. Por algún motivo, la soja transgénica resulta sospechosa. Algunos intuyen que algo malo debe contener. Lo mismo piensan del famoso herbicida de la discordia, el glifosato. Sin mucho rigor, estas personas -que suelen proclamarse "naturistas" o "ambientalistas" pero siempre "progresistas"- entonan un lamento que pasa por la deforestación, la tala del bosque nativo, la extinción del yaguareté y la ballena, los pingüinos empetrolados, la contaminación, la polución, la minería a cielo abierto, el uso de cianuro y otros venenos. En una palabra, miles de actividades de todo tipo que el hombre emprende para alimentarse y procrear. Muchas veces, desplazando o aniquilando a otras especies. Razón por la cual - dicen - el planeta está "enojado" y, como un Jehová furibundo, nos manda terremotos, tifones, huracanes, sequías, calentamientos globales, erupciones y todo tipo de torturas.

Estas personas, en realidad, odian a los ricos. Y por lo tanto, detestan todo lo que genera riqueza. Odian al oro, el petróleo, la soja, la energía nuclear... en definitiva, son progresistas que odian al progreso. Pero, amigos: sólo la riqueza puede salvar a los pobres. Pongámoslo así: a los pobres del mundo les vendría muy bien -aunque más no fuera- un poco de riqueza, un poco de petróleo, un poco de soja transgénica.

Ahora bien: convengamos en que el progreso tiene cosas que no siempre son deliciosas. Personalmente, no me gusta el volumen estridente de los equipos de música, ni la comida plástica, ni las cadenas de boliches que levantan la misma marquesina en Moscú, Lisboa o Karachi, ni los pechos de mujer duros como bochas a fuerza de siliconas, ni los artículos de nylon, ni los aeropuertos atestados, ni los atascamientos de tránsito, ni el humo de las chimeneas, ni el batifondo de la Play Station. En cambio, me gustan los pájaros, los árboles, los ríos, los mares, el viento, las mujeres desnudas, el vino...¡Todo lo natural!

Pero debemos aceptar que, gracias a los inventos de la tecnología humana, millones de personas han salido de la miseria. Hoy es normal tener una vivienda con agua corriente, inodoro, cocina. Es normal tener un teléfono celular. Es normal tomar una aspirina o sacarse una muela. Antes, esas tecnologías eran privilegio de príncipes, almirantes y cardenales. Cada año, millones de hindúes, brasileños y chinos entran en la clase media, es decir: en la burguesía. Con su ciclomotor y su reloj pulsera.

El ser humano ha explotado el planeta concienzudamente, y se multiplica: ocupa lugar. Ensucia. Invade. Hace ruido. Todo muy desagradable. Sin embargo, cualquiera puede subir a un avión y, desde arriba, observar la Tierra: verá algunas pequeñas ciudades y, alrededor de ellas, campo infinito, bosques, montañas, ríos y desiertos. Parece un planeta deshabitado. De modo que no sabemos si nuestros amigos de Greenpeace no están incurriendo en un nuevo milenarismo. Que fue el terror de los cristianos ante la inminencia del Año Mil: ¡Se levantan los muertos para el juicio final, nos visita Satanás, se enfrenta con el Salvador y en esa gran batalla se acaban los tiempos! Como bien sabemos hoy, en el año 1000 no ocurrió nada en particular, y tampoco en el 2000...Seguramente, lo mismo ocurrirá en el 2012, año signado por la "profecía maya", que está escrita... ¿Dónde estaba escrita?

Hay gentes que odian el progreso, y especialmente la riqueza, sin ver cuánto tienen ellos mismos de ricos y de privilegiados. Si hacemos un poco de memoria, podremos volver a nuestra infancia. Estamos en aquel territorio del tiempo: hace 60 años.

Bien. Nosotros y nuestros amiguitos padecemos todo tipo de enfermedades. Paso a enumerar: otitis, conjuntivitis, laringitis, diarrea, constipación, orzuelos, sabañones, postemillas, jaquecas, llagas en la boca o en el cuerpo, micosis, bronquitis, pulmonías, infecciones, para no hablar de la poliomielitis, los piojos, la sarna, la tiña... en fin. A veces había un cumpleaños y nos daban chocolate caliente, con grandes porciones de torta. A la noche, todos los niños vomitábamos al unísono y acusábamos dolores abdominales.

Y sin embargo, el alimento era natural. El tomate tenía sabor a tomate, la manzana era dulce y jugosa, la carne de vaca correspondía francamente a un pobre animal que se alimentaba de hierbas. Los huevos venían del nido donde los había depositado, tranquilamente, una gallina. Una gallina en libertad, no prisionera en un horno de chapa y vidrio. Una gallina que comía gusanos, bichitos, granos de maíz y ese tipo de cosas.

Todo natural, pero... los métodos sanitarios, la higiene, los herbicidas, los detergentes y todo aquello que contamina al planeta estaban en pañales. Por eso vivíamos enfermos, y aterrados por la hepatitis. Más que ahora.

En general, la humanidad está sana y rozagante, para pesar de los pobres tigres y los pobres virus, que también son obra de Dios. Ahora bien, el progreso ha dado lugar a nuevas generaciones robustas pero un poco sosas. ¿Para qué negarlo? En tiempos más duros han florecido otros talentos. En el Liverpool de los años 50, alfombrado de cráteres, surgieron los Beatles. En el Buenos Aires atormentado del 30, Enrique Santos Discépolo. Entre los negros esclavos de USA, King Oliver y Louis Armstrong.

Aquellos que tenemos nuestros reparos contra el progreso (en realidad, lo detestamos) siempre encontraremos algún refugio. Podemos mirar el mar, pues el horizonte nunca cambió, ni cambiará. Podemos encender una fogata y contemplarla. Podemos activar el tocadiscos y escuchar a los Chalchaleros, pues ya nadie cantará nuestro folklore de esa manera. Podemos refugiarnos en el Himalaya o en el Delta del Paraná, o en Purmamarca, o en el Amazonas. Personalmente, yo tengo un lugar en el mundo, donde la pampa se junta con el mar: allí me gusta contemplar cómo cae la noche en el verano, cómo asoman los sapos, escuchando el canto de los grillos y el aleteo de las lechuzas. Cuando escucho el rumor del mar, al fondo, siento que estoy en el paraíso: pero no tiene nada de avanzado ni de progresista. Ese sitio está igual desde hace mil años, y espero que nadie lo toque. En cambio, el modernísimo paisaje de la salida de una discotheque en San Miguel a las siete de la mañana, con adolescentes vomitando, otros gritando insensateces y algunos trompeándose con la policía, es algo sumamente actual. Forma parte del progreso de las nuevas clases medias, si se quiere. Prefiero no estar ahí.

El planeta es inmenso. Hay lugar para todos: incluso, lógicamente, para los que quieren prosperar en paz.

Feliz Año 2012...Bienvenida... www.laveintiuno.com.ar

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